martes, 10 de junio de 2014

Beefeter London District, en Madrid

En un intento por empaparme de mis añorados aires londinenses, me aventuré a tomar parte en el evento " Beefeter London district". El programa previsto para la ocasión prometía. Un par de conciertos, actividades y un "lay out" original, ya que todo estaba organizado y presentado en containers metálicos de esos que se cargan en los barcos de carga. Todo luciendo el inconfundible rojo típico de tanto souvenirs y recuerdos de la capital anglosajona. Una ambiciosa propuesta que ocupó un gran espacio en el programa de noticias de una cadena de televisión en uno de esos días en los que las noticias parecen ser tan vacuas como los reporteros que las siguen. Pero la efusividad de la reportera me hizo pensar que podría disfrutar y empaparme de mi querido Londres por un rato. Ya imaginaba una cafetería donde tomar una buena taza de té, un trozo de "carrot cake", o quizá oler de nuevo el grasiento y delicioso "fish and chips". Pero nada más lejos. 
A pesar de su ambicioso programa de conciertos y actividades, sus 20 containers y la promesa de productos típicos de Londres, el evento no alcanzó a satisfacer ni de lejos las expectativas. 
Ahí, en la "estación del Norte de Príncipe Pío, ardían bajo el justiciero sol que asola Madrid estos días, unos contenedores rojos, unas sillas plegables y unas cuantas  botellas de ginebra. 
Cada unos de esos contenedores mostraba los famosos productos "vintage", que es el nombre que las cosas viejas o desfasadas han adquirido para justificar los precios desorbitados. Quimonos de diseño imposibles de usar, o de pagar; pequeños souvenirs a precio de jarrón chino de porcelana; un bar al más puro estilo chiringuito de playa con bebidas subidas de precio y escasas en alcohol y mucha pero mucha pretensión. 

Aquellos feriantes exhibían sus mercancías sudando bajo el sol, en un intento de hacer negocio o al menos de entretener a los valientes que aguantaban el calor esperando a ver el espectáculo prometido. Éste consistía en una demostración de la elaboración de unos Gintonics, que tan de moda se ha puesto. Aún recuerdo cuando mi padre tomaba un Gintonic en verano cuando estábamos de vacaciones en la playa, una bebida típica y tópica que parece haber renacido en los últimos años y se ha convertido en lo que ahora llaman "trending topic". La cultura del Gintonic, no trata de ofrecer simplemente una bebida refrescante sino de introducir al consumidor casi en una filosofía. Ahora en los bares de Huertas hay que ver una carta de Gintonics, elegir la ginebra, la tónica, la fruta, las especias y hasta el color de la pajita. En fin, otra de esas modas pasajeras que ahora parece estar muriendo a manos de los mojitos, a los que seguirán las caipiriñas o alguna otra genialidad envuelta por algún ingenioso publicista. 
A parte de semejante despliegue para satisfacer a los paladares más expertos, o a los gorrones más enterados en las cosas gratuitas que ofrece Madrid, Algunas actividades como los retratos o la música, hacían soportable el sofocante calor. 

Aparte de ello, una gran decepción por la escasez de variedad, los precios elevados y la pretensión de los que intentaban colocar sus exquisitos productos a precios fuera de lugar. 
Otra muestra de lo engañosa que puede ser la televisión, que magnifica cada evento dando publicidad al mismo. Al final sucede lo mismo que en los restaurantes de comida rápida, "cualquier parecido con la foto es pura coincidencia".

Tendré que volver a Londres pronto, pues es inimitable.   


lunes, 9 de junio de 2014

La vida es sueño, teatro Victoria

Emplazado en el corazón de Madrid, en la singular calle del Pez, el teatro Victoria abre sus puertas a todos aquellos sedientos de cultura a precios asequibles. Claro que la razón de precios tan adaptables a cualquier bolsillo, reside en la simplicidad del lugar y la notable falta de medios que sus actores saben compensar con buenas representaciones de las obras "de toda la vida". Un elenco, poco conocido, que mezcla a actores con sobrada experiencia, con otros más jóvenes que saben aprovechar los escasos medios de los que disponen para proponer sencillas pero impactantes puestas en escena. 
Obras interpretadas bajo las luces de la tradición desarrolladas con la innovación propia de las compañías más alternativas. 
Su última apuesta "La vida es sueño", es representada, producida y dirigida por los que mismos que a su vez revisan los textos, los versos y asisten al director. Una especie de familia que va cambiando de traje, posición y texto para llevar a cabo una representación bastante diferente de lo que uno puede esperar de una obra de tal reconocimiento. A pesar de los escuetos, o casi inexistentes medios con los que cuentan que apenas dan para un par de sillas y un candelabro durante toda la obra, los actores representan con agilidad y encanto personal los famosos versos de Calderón, consiguiendo, como era de esperar por otra parte, que el público murmure "y los sueños, sueños son", al tiempo que el actor. 
Segismundo, representado por Sergio Requis, hace un espectacular papel en esta obra. Haciendo que incluso los más jóvenes e imberbes allí presentes, permanecieran atentos al espectáculo. 


Como suele pasar con los espectáculos de bajo coste, la afluencia de adolescentes arrastrados por profesoras bohemias, es inevitable. Dejando aparte el público, que pasó la mayor parte del tiempo mandando "what´s apps" y el hecho de que el teatro es tan grande como la sala de juntas de algún edificio de la capital y la "cafetería" es una máquina de bebidas,  La obra consiguió satisfacer a todos y recibió el aplauso general. Para más información visitad:

http://www.teatrovictoria.net/

lunes, 2 de junio de 2014

feria del libro

La feria del libro este año abre sus puertas con la amenaza del Ebook sobre las cabezas de sus casetas. Son tiempos difíciles en general para la cultura, so sólo por el abusivo IVA que grava sus productos, sino por ese apogeo tecnológico que llena nuestras vidas de hedonismo e instantaneidad. Libros electrónicos, plataformas sociales, mensajes de twiter que bombardean nuestros teléfonos, comunicación en internet y silencio entre las personas. Son algunos de los avances que nos hacen "des avanzar". Parece casi quimérico pensar en encontrar a alguien disfrutando de un libro en el parque, o un poco de buena música o un coloquio literario. Por ello es refrescante ver y participar de eventos culturales que, quizá porque son gratis y atraen a algunos famosos, aúnan a gente de todas las clases y condiciones en un intento por empaparse de esa olvidada cultura. 
La Feria del libro congrega cada año a algunos de los autores más aclamados del panorama nacional y a algunos del internacional que dedican algunos minutos a firmar sus libros. Haciendo así, que se forme colas de varias horas con todos aquellos que no se han rendido a la generación "e", que han dejado sus "targets en casa y han decidido pasar una tarde en compañía de las palabras. 
Espectáculos para niños, a la vieja usanza que dirían las abuelas. Teatrillos de marionetas y títeres, lecturas de cuentos y globos para arrancar las sonrisas de los más pequeños. Iconos de la televisión, como algunos osan a llamarlos como Mario Vaquerizo se suben al tren editorial y firman ejemplares entre humo y cerveza. 
Casetas luciendo sus mejores iros, o al menos los más vendidos; curiosos que ven a la gente agolpada en una caseta y se detienen a captar esa instantánea de alguien que han visto en la tele. Sabina aparta el humo de sus cigarrillos para dejar caer una confusa firma sobre algún disco o página impresa; jóvenes promesas que se emocionan con cada lector que les visita y conoce; autores consagrados que preferirían estar en algún café entre amigos pero que se deben a sus público y editor y aguantan el calor de la casera estoicamente mientras regalan sus autógrafos. Usuarios de Facebook que no esperan ni un segundo para subir la foto de su ídolo. Sea como sea, entre palabras y granizados de limón, la feria cuenta con el calor de los lectores, los rayos del sol, la armoniosa melodía de pájaros distintos de las sucias de palomas de la  ciudad. Un paraje incomparable para enmarcar este pequeño guiño a la traición más hermosa de todas. Leer. 

Y allí, entre el humo de Sabina y las cervezas de Vaquerizo, aparece uno de los autores más aclamados a nivel internacional que consiguió enamorar a jovencitas de todo el mundo con sus personajes macarras con los que todas las chicas han soñado alguna vez. Federico Moccia. Aparece con su inconfundible gorra azul, con aire de acabar de levantarse de la cama y con la seductora expresión de quien nunca ha dejado de enamorar a féminas. Simpático, agradable, dispuesto a pasar el tiempo necesario con cada "fan" sacándose fotos, firmando y hasta chapurreando alguna palabra en castellano. 
Aunque quizá la cercanía, el encuentro con alguno de tus ídolos puede hacer que le veas menos grandiosos de lo que son. Es en esos momentos cuando te das cuenta de que en el fondo son sólo seres humanos, que todos podemos ser iguales, que nadie es perfecto por muy famosos que sean. Por ello, una vez que esa idea, o ideal, desaparece, sólo la desnuda palabra permanece. 
La palabra, capaz de dejarte sin habla, sin aliento. Capaz de emocionarte y mantenerte pegado al libro que tengas entre manos. 


"uno es dueño de sus pensamientos, pero esclava de sus palabras"

http://www.ferialibromadrid.com/

https://www.facebook.com/FedericoMocciaOficial?fref=ts

viernes, 23 de mayo de 2014

las preguntas de los 30

Llegando a la frontera de los 30 es inevitable plantearse ciertas cosas. Quizá sea por la influencia familiar; o por esas amigas de toda la vida que van sucumbiendo al matrimonio y a niños llorones; o bien por el daño que Disney hizo a la mujeres desde pequeñas, mostrándoles un mundo en el que la búsqueda del amor y "el felices para siempre" ha de ser el principal objetivo en la vida. Lo cierto es que ves que los 30 se acercan y de una u otra forma sientes un ligero vuelco en el estómago al ver que ese sueño de niña se desvanece entre rupturas, preguntas, cabios de trabajo y altas expectativas que parecen ahora más inalcanzables que nunca. Puede que nunca hubieras pensado en sentar la cabeza, que la idea de emparejarte para siempre fuese una tendencia que moría con tus padres que tuvieron la suerte de estar bien avenidos. Te has pasado la vida evitando ser canguro de tus primos o sobrinos porque la idea de tener niños a tu cargo era tan sobrecogedora que te ponía el estómago del revés por el simple hecho de tener que cambiar un pañal. 
Pero sorprendentemente esos pequeños valores tradicionales contra los que te has revelado han conseguido hacerse hueco en tu vida y empiezas a pensar, demasiado profundamente, en la importancia de tus decisiones. Ya no se trata de divertirse, de probar cosas nuevas, de esperar que la vida te muestre el camino. Ahora quieres empezar a caminar y no sabes qué dirección tomar. 30 años, dada la actual esperanza de vida, no suponen más que un tercio de la vida de una persona. Pero es una etapa que ha de ser aprovechada al máximo. Se supone que hay que sacar el mayor partido de cada día, correr aventuras, conocer a un montón de gente y salir cada fin de semana como si no hubiera un mañana. 
¿Estaré perdiendo el tiempo? ¿Me equivocaré si sigo con él? ¿Me arrepentiré si no lo hago? ¿Qué haría pasado si...? Cientos de preguntas existenciales imposibles de resolver que te rondan la cabeza de vez en cuando al ver a esas amigas casadas, a esas personas que tienen las cosas tan claras, que saben desde el principio cuál es su camino y saben vivirlo. Sientes celos de aquellos que nunca tienen que pasar horas muertas intentando decidir cada pequeño detalle de la rutina diaria. Pues esas espontáneas decisiones de años antes parecen ser cada vez más imposibles, más quiméricas, más complicadas. Ahora todo tiene una connotación significativa y te hace preguntarte constantemente por el resultado futuro de tus decisiones. 
Pero en el fondo no es más que confusión basada en el anhelo de lo ajeno, el deseo de tener lo que otros tienen. Ese deseo que te hace envidiar a una pareja feliz en el metro, ese deseo que te impele a cortar con alguien en busca de libertad, ese deseo que te hace recuperar a alguien del pasado a pesar de pertenecer a una relación muerta. Ese deseo que te hace hacer tonterías, pues parece imposible conformarse con sólo una opción. Piensas en lo que te pierdes, en lo que no tienes, en la persona que ya no está. Y va pasando el tiempo sin darte cuenta hasta que al final ves llegar el número 30 y te asustas pensando en lo que realmente quieres. ¿Qué quieres Tu de la vida? esa es la pregunta a responder, y lo que más asusta no es responderla, es no saber qué respuesta dar. 
Quizá antes de plantearse preguntas y cuestiones tan trascendentes, deberíamos saber lo que queremos de nosotras mismas. Quién soy, a dónde voy, y lo más importante quién quiero llegar a ser. 
La vida irá adornando el camino hacia el autodescubrimiento con amigos, relaciones y viajes especiales. Pero la persona que anda el camino, sólo puedes crearla TÚ. 

Vive la vida que te ha tocado de la mejor manera posible, y cambia aquello que no te hace feliz. Quizá pierdas algo por el camino, pero encontrarás algo mucho mejor. Felicidad. 

lunes, 5 de mayo de 2014

Los viajes de Juliett, Roma 7a parte


Cruzando El Corso Vittorio Emanuele, y aquella sucesión de plaza encantadoras llegó a uno de los lugares más hermosos que había visto hasta el momento. Escapando del urbanismo barroco que definía Roma, y a través de sinuosas calles, Roma volvía a sorprender con las espléndidas vistas del Tíber. Nada comparable al reseco, hastiado y sucio Manzanares ni siquiera con la grandiosidad del Támesis en Londres. 


El Tíber serpenteaba bordeando el centro de la ciudad a través de puentes medievales reflejando en su pureza la luz del sol y el rojo de las hojas que aún sobrevivían al invierno. Igual que las calles de la ciudad, el río era sinuoso, curvado y elegante. Cada parábola permitía captar todo el paisaje. El cielo azul de fondo, el sol que se apagaba tempranamente en aquel día de Diciembre, la combinación típicamente otoñal de cualquier foto artística de rojos y amarillos y algún tímido verde que aún no había sucumbido a diciembre.
Juliett se sentó en uno de los bancos solitarios junto al río bajo los arbole azotados por la ligera brisa. Todos los bancos estaban ocupados a su alrededor. Personas que se tomaban un descanso, gente leyendo con interés un libro, y algunos escribiendo notas en sus cuadernos. Mucha gente sola que huía de la gente. Quizá resultaba paradójico ver cómo aquellos que no tenían compañía optaban por buscar aún más soledad, evadiéndose, desapareciendo, huyendo. Pues a veces estando con gente, una persona se siente más sola que nunca o quizá más expuesta en su solitud.
La brisa, el rumor de los pájaros, la paz que tanto ansiaba.  
Los puentes habían perdido algunos pedazos, como árboles que dejaban caer su corteza. Sólo que a diferencia de un árbol, Roma se rendía al paso del tiempo como lo había hecho Malta como descubriría Juliett más adelante.

Juliett siguió caminando bordeando el rió hacia el sur, pasando por el “Ponte sisto” y el “Ponte Garibaldi”. Y así llegó a ver “Isola Tiberina”. Una pequeña isla en medio del rio que albergaba siglos atrás el templo dedicado al Dios de la medicina Esculapio. También las leyendas, oscuras en este caso, se cernían sobre la isla. Muchos consideran que el cuerpo de Tarquinio el soberbio está allí sepultado tras ser arrojado por el pueblo romano y durante muchos siglos, este lugar, fue considerado de mal augurio. Con el paso de los años la leyenda fue muriendo y a raíz de la construcción del templo dedicado al dios, cuya construcción finalizó al tiempo que la peste dejo de azotar la ciudad de Roma, se considera un lugar beneficioso para la salud.

Actualmente alberga la basílica de San Bartolomé y es lugar de obligada visita para viajeros y gente local que quiere evadirse del tumulto y el bullicio.  
Y poco más adelante, cuando a Juliett ya le dolían los pies tras tantas horas caminando, pasando el “Ponte Palatino, llegó a la “Piazza Bocca della Veritá”,
Mientras atravesaba aquella placita que daba la bienvenida al cansado viajero se fijó antes de sumergirle en la grandiosidad de “El Foro” y “El Coliseo”, se fijó en la Iglesia que guardaba la plaza llamada Santa María en Cosmedin. Juliett no sabía si aquella iglesia era famosa por algo, pero una larga fila de persona aguardaba en uno de sus lados aparentemente para entrar en su interior. 


Quizá disponía de frescos renacentistas en su interior, de esculturas o murales, pero según se acercaba, Juliett se dio cuenta de que no había ninguna puerta frente a las personas que hacían cola. En su lugar había en la pared una gran máscara de piedra con la boca abierta. Había demasiada gente como para esperar turno por lo que Juliett observó desde cierta distancia, curiosamente rodeada de personas que estaban solas y quizá no se atrevieron a acercarse. Cada uno de los que esperaban se aproximaba con recelo a aquella gran máscara de piedra, pues según la tradición aquel que mintiese perdería su mano en aquel agujero a manos del diablo.
Curiosas leyendas se escondían en roma, más que en otras capitales europeas en las que las tradiciones son más modernas o menos tenebrosas. Quizá en roma las leyendas seguían tan presentes por el hecho de que convivían la antigüedad  representada en su arte y la modernidad de la ciudad urbanita. Una combinación que mantenía viva la tradición y las antiguas creencias, las cuales habían sobrevivido al paso de siglos enteros, y las tendencias actuales que hacían que la vida siguiera evolucionando.
A Juliett le resultó simpático ver las caras de los “valientes” que introducían u mano a regañadientes en la boca de aquella máscara. Se podía ver el miedo en sus ojos, quizá por si salía alguna araña, o quizá por los secretos que guardaban, igual que la ciudad de Roma.


La noche empezaba a caer sobre la ciudad, y Juliett estaba muy lejos del hostal. Se encontraba muy cerca de El Foro y de El Coliseo, pero la oscuridad empezaba a cubrir los edificios, haciendo desaparecer el río con su oscuridad y borrando los reflejos de su superficie.  Era hora de emprender la marcha de vuelta y dejar esta parte de la ciudad para el día siguiente. Había sido suficiente por un día, y el camino era largo. Además, más de una sorpresa la esperaría a la vuelta de la esquina y seguro que se detendría a tomar más de una foto durante el camino de regreso.


“dejé un candado junto al rio, dejé un sueño y un amor perdido. Dejé atrás el  dolor, pedí un nuevo amor. Dejé un candado atado, y el caudal se llevó llave. Deje un corazón partido, y pensé en el destino. Dejé de mirar atrás y seguí adelante, sin más ganas de llorar”












domingo, 4 de mayo de 2014

Los viajes de Juliett, Roma 6a parte

Además de reponer fuerzas con aquel suculento plato italiano que sus dueños servían con el encanto  familiar de restaurante tradicional a precios contemporáneos, caros, aquel almuerzo le hizo entirse un poco más como en casa.
Terminó la reponedora parada con uno de esos cafés diminutos y fuertes que los romanos disfrutaban a cada momento. Un “ristretto” que le pareció estar hecho de varios “redbull” y casi le hizo saltar de su asiento. Saldó su cuenta y continuó calle abajo hacia aquella plaza que se dejaba ver entre la sinuosidad de la calle.


Por lo poco que conocía de la plaza y los pequeños detalles que aún guardaba después de tantos años sin visitarla, La Piazza Navona, albergaba algunas de las más famosas creaciones de Bernini y tuvo un uso muy diferente al actual. Construida por Domiciano en el siglo primero, fue concebida como un estadio con capacidad para más de 30000 personas. Es por ello que su forma es poco convencional y más alargada de lo normal. Durante siglos, la plaza fue escenario de juegos y eventos deportivo hasta que en la edad media se convirtió en la plaza del mercado hasta que éste fue trasladado al “campo de Fiore”. La plaza está rodeada de palazzi barrocos y de la Iglesia de Santa Inés en Ágona, que ocupa el lugar de las plazas. Un lugar lleno de cambios, que a pesar de haber sido ideada como algo totalmente distinto e adaptó a los tiempos modernos. Fue un estadio, fue mercado y ahora una plaza de peregrinación donde deslumbrarse con sus fuentes e introducirse en su bullicio. Fue incluso piscina, debido a las inundaciones frecuentes que sufría, antes de ser restaurada. Los incontables puestos de regalos, dulces típicos  y juguetes varios llenaban ahora la plaza intentando captar la atención, y los euros de los turistas. Aquel día parecía haber feria, y la gente se desplazaba despacio obre su empedrado, saltando de vez en cuando las cadenas que delimitaban el rectángulo de la plaza buscando un nuevo camino para continuar ojeando el lugar. Grandes puestos con los dulces más coloridos y los regalices más largos del mundo; juguetes artesanos y muñecas pintadas a mano; pequeños carritos de helado tan cremosos como nubes malvaviscos tostados; artistas derrochando su talento en regateos caricaturizados y tres magníficas fuentes formaban aquella nueva vista. 

Mezclando el aire barroco, con productos modernos, el arte cómico en carboncillo con los óleos pintados en directo, bancos de piedra con turistas y helados. Gente de todos los lugares coincidía en aquella plaza. Hombres aún con su traje que atravesaban la plaza con paso ligero, mujeres en apuros entre tacones y niños. Parecía que aquel año los viajeros se habían ataviado con sus mejores galas para recorrer la ciudad. El turismo de calcetín blanco y cazadora tipo “plumas”, se había quedado en Londres pensó Juliett. Allí los turistas lucían amplias gafas de sol, leggins de leopardo y cazadoras de dudoso cuero. Posiblemente objetos comprados allí el día anterior en un intento de aparentar tener ese famoso estilo italiano con respecto a la moda. Juliett sintió que en lugar de perderse entre la gente, destacaba más que nunca. Pero aquel incesante movimiento de gente, de actividades, de cosas que estaban sucediendo sin descanso le hizo recuperar las fuerzas y desear involucrarse en esa actividad. Recorrió los puestos observando las delicias que vendían los tenderos. Pequeño pasteles decorados, no como los “cupcakes” que tan famosos se habían hecho gracias a los programas manidos y cursis de la televisión. Aquellos dulces a pesar de ser ideados para atraer a los peregrinos ansiosos por maravillar a los familiares con los pintorescos productos gastronómicos, eran creaciones artísticas de fruta caramelizadas, almendras brillantes por diminutos granos de azúcar, cestos de frutas relucientes bajo la luz del sol. Otro puesto, no muy lejos, exhibía orgulloso pequeños paquetes de pasta artesana de todos los colores y formas imaginables, Juliett sabía que no era el tipo de pasta que comían los italianos sabedores de su dudosa calidad, pero no pudo resistirse a mirar detenidamente aquellas figuritas esculpidas en harina de trigo, envueltas en celofán y adornadas con diminutos lacitos como los que ponen los voluntarios de Cruz Roja. Unos pasos más adelante otro puesto invitaba a los paseantes mostrando sus juguetes artesanos, de esos que parecían venir de una recóndita tienda en algún callejón de Londres por ejemplo. Juguetes antiguos de aquellos que se hacían en latón y no tenían más extras que la música al darles cuerda. O bien mostraban sus hermosas muñecas pintadas a mano con la delicadeza del trabajo artesano y experimentado de años de trabajo. Muñecas que a diferencia de las extrañas creaciones actuales, no podían más que abrir y cerrar los ojos al agitarlas. Aquella plaza había sido muchas cosas, había representado muchos escenarios y aún así conservaba su antiguo espíritu. Seguía siendo un mercado, un punto de encuentro entre varios caminos. La elegancia de aquellos puesto de estilo antiguo mezclados con las sublimes fuentes, adornadas hasta el exceso, completaban una de las postales más ricas de Roma.


Presidía la plaza la fastuosa fuente de Bernini, que tanto le costó al autor alzar en aquel lugar dadas sus desavenencias con Inocencio X. Pero finalmente la propuesta del artista vio la luz, o el suelo en este caso en 1651, convirtiéndose en uno de los monumentos de referencia en la ciudad. La “Fontana dei Quattro Fiumi”, no hacía referencia al humo, como su nombre podría dar lugar a pensar dada su similitud con algunas palabras españolas; “la fuente de los cuatro ríos, que representa según los expertos, los cuatro punto cardinales, los cuatro continentes conocidos, Europa, América, Asia y África,  en la época de su construcción y a su vez, los cuatro ríos conocidos en aquella época, EL río de la plata, el Nilo, el Ganges y el Danubio. Una perfecta creación esculpida en piedra en la que cientos de persona toman instantáneas a diario pretendiendo beber su agua, tocando alguna de las partes de la fuente haciendo alguna acrobacia a distancia para lograr la correcta perspectiva.
Además de la fuente de Bernini que ocupa el centro de la plaza dos fuentes más guardan los laterales rodeadas de pintores y escultores que adornan sus alrededores con sus frescos y sus óleos.
“La Fontana del Moro” y “La Fontana del Nettuno”, no palidecen ante los ríos de Bernini.
Juliett abandonó la plaza por el lado del sur, no sin antes tomar unas fotos de la plaza entera. Era increíble la fotogenia de aquel lugar que se dejaba fotografiar desde cualquier ángulo y siempre ofrecía algún nuevo detalle espectacular, casi parecía que no quería dejar marchar a ninguno de los paseantes.

Cruzó el Corso Vittorio Emanuele y callejeo durante una media hora caminando pequeños pasajes y atravesando un sinfín de pequeña plazas y plazoletas en la que confluían todos los caminos. Roma parecía ser una gran corrala sólo que en lugar de ser simples viviendas mirando a un mismo patio, era edificios enteros e incluso calles que se retorcían para captar un atisbo de la plaza más cercana. Aquellas “vías”, no gozaban de la agitación y el bullicio de Piazza Navona, pero tenían un encanto particular. El de las construcciones antiguas, el del aire tradicional y reconfortante de los pequeños detalles. Plazas que no muestran sus elegante y costosas fuentes, ni tienen restaurantes caros repartidos por cada adoquín del asfalto, ni tampoco elegantes mujeres paseando sus tacones. Aquellos pequeños recovecos escondían mujeres con pañuelos anudados por encima de la frente y delantales de flores que mostraban desde la ventana mientras tendían piezas de ropa tan blanca como el sol de la mañana. Niños que aún no habían sucumbido a la tecnología y jugaban a la pelota en medio de la plaza, mostrando sus acrobacias a sus padres orgullosos, compartiendo risas y enojos. Se percibía el humeante bullir de la cena cocinándose lentamente en aquella tarde, el pan recién hecho, la ropa limpia y las flores tras los visillos blancos que nunca faltaban en las ventanas.



“Daban ganas de escribir, de sentarse al sol, sin gafas, sin escudos, sin protección. Sólo sentarse a mirar dejar que la simplicidad de la vida borrase el estrés y los problemas. Que la brisa  se llevase la pena, que aquel sol purificase mi alma, que nunca más te viera. Daban ganas de buscar un lugar en aquella plaza, una habitación disponible con terraza. Daban ganas de tender las penas al sol, de oler las flores del balcón. Daban ganas de mudarse, de abandonar Madrid, y empezar otra vida y quedarse. Daban ganas de soñar, en cómo sería, en cómo será. Daban ganas de muchas cosas, pero no en aquel momento. Pues un corazón que rompe, no piensa no conoce. Sólo se guía por los impulsos, por deseos de ser feliz. Se lanza buscando consuelo, y a veces solo se estrella contra el suelo. Así que cogeré mis cosas, y dejaré la plaza atrás, dejaré que siga su rutina y quizá no la vea más. Pero no miraré hacia atrás, pues mi futuro me espera. No perderé más el tiempo en esta vida que se escapa, seguiré adelante ya sea sola o acompañada.”

Cerró su cuaderno y se acudió el polvo de los pantalones que se le había posado en las piernas estando sentada en aquel banco de piedra. Aún quedaba mucho por hacer, Pero aquel puzle tan complicado, empezaba a dejarse ver.