viernes, 2 de mayo de 2014

Los viajes de Juliett, Roma 5a parte

Juliett aún buscaba un lugar tranquilo donde comer su menú de bienvenida en Roma. Eso era algo que en cada viaje se había propuesto hacer. Algunas mujeres cuando viajan se compran un capricho como un bolso de marca o un par de gafas de sol, pero al final se acaba pagando más por el mismo artículo que además no entrará en la maleta y volverá a casa escondido bajo el abrigo durante los controles de cabina.
Juliett prefería concederse el lujo de un buen almuerzo en alguna terraza donde disfrutar del sol y de las vistas. Posiblemente acabaría pagando 20 euros por un poco de pasta pero merecía la pena, sólo por sentirse especial, por darse un capricho, por mimarse a sí misma, que en el fondo es lo que cualquier mujer busca, cariño y pequeños detalles que la hagan feliz.  Igual que los hombres suelen buscar el puro placer hedonista de las gratificaciones instantáneas; por lo general, una mujer se enamora de los pequeños detalles. Quizá no es el dinero que algo cueste, sino la forma en que está presentado; puede que no sea importante comprar el mayor ramo de flores de la floristería, sino un pequeño ramo de su flor preferida; tal vez no es necesario gastar dinero en un “brunch” de diseño, y un café recién hecho con un beso por la mañana es todo lo necesario. “Así somos las mujeres, nos fijamos en todo los pequeños detalles sin importar la grandiosidad o el valor económico de éstos”. Juliett sintió por primera vez algo de pena aquel día, al acordarse de aquellos detalles y de la persona con quien los había compartido. No había sido el dinero, ni la frecuencia con que los pequeños detalles se habían sucedido, simplemente habían sido los gestos precisos, los momentos acertados. Pequeñas pinceladas que habían dado luz a una obra de arte, el amor. Detalles fruto de la confianza entre dos almas semejantes, entre dos personas que congenian y que no precisan de preguntas ni respuestas para adivinar lo que a su pareja les hará feliz. Son los pequeños complementos a una historia que le aportan profundidad, ternura y a la vez solidez. Pues sabes que alguien sabe quién eres y lo que te gusta, que no te cuestiona ni intenta cambiarte sino quererte con todas y cada una de tus rarezas o manías.

“Tú eras así. Detallista y cariñoso hasta el exceso. Nunca derrochador, pero sabedor de mis gustos. Quizá eras un ser mágico, por adivinar mis pensamientos, por escudriñar mi mente, por enamorarme en un beso y desaparecer en un suspiro”

Aquella entrada en su cuaderno de sueños le dejó un dolor punzante en el pecho y la amarga sensación de las lágrimas a punto de aflorar. No podía permitirse gastar más lágrimas, pues todas acabarían en un pozo de cuyo fondo no tenía certeza.


Rodeando El Panteón por la izquierda se podía admirar el “Elefantino”, de Bernini. Esperando a un lado para sorprender al viandante que tras maravillarse con la Fontana di Trevi, o la  cúpula del Panteón y la música de la Piazza della Rotonda continúa su camino hacia Piazza Navona. El Elefantino, parece una modesta obra ya que el listón está realmente alto en la ciudad de Roma, pero la exquisitez y detallismo de Bernini la convierten en otro foco de turistas y flashes.  Un monumento en la Piazza Santa María sopra Minerva, es un elefante esculpido en piedra que porta el más pequeño de los obeliscos egipcios de Roma.

En aquella plaza se dio cuenta de la previsibilidad con la que se movían los turistas. Casi se sentía parte del grupo heterogéneo que se movía despacio a su alrededor. No sabía si venían juntos o no, pero una gran masa de cabezas con sombrero, paraguas en la mano, cámaras al cuello y mapas mal doblados se la rodeaba por ambos lados. Si todos ellos tomaban el mismo camino sería quizá una buena idea seguirles. Aquella amalgama de persona de tanto lugares distintos, de tantas nacionalidades, que armoniosamente se deslizaban por el empedrado llevó a Juliett hasta La Piazza Navona. Encantada de haber seguido a aquellas personas y haber llegado de forma satisfactoria a aquella plaza, se separó del grupo pues empezaba a sentirse como una intrusa y callejeó un poco por los alrededores en busca de un restaurante

En un primer vistazo, mientras se dejaba llevar por la inercia de aquellos pasos ajenos, no percibió ningún lugar donde comer. Pero pronto descubrió que había decenas de ellos. Pero era difícil verlos a simple vista, pues eran diminutos lugares que no parecían albergar más que dos mesas en su interior y dar cabida a una sola persona encargada de limpiar, cocinar y servir, pues era imposible meter más de un ser humano en aquellos lugares.
Pero contrariamente a la apariencia exterior, esas pequeñas puertas que apenas dejaban entrar a una persona de altura media, escondían cuan secreto un hermoso restaurante en su interior. Quizá algún profesional de Marketing había colaborado en la decoración de aquellos lugares para hacerlos atractivos a los turistas, pues eran todo lo que una persona de otro país podría esperar. Manteles a cuadros rojos y blancos, botellas panzudas de color verde cubiertas de cera derretida de las velas que se aguantaban en ellas a modo de candelabros. Pequeñas macetas de terracota con geranios, sillas de madera, un horno de piedra para hacer las pizzas, delicados cestos de pan y el inconfundible y embriagador aroma de la pizza recién horneada.

Juliett observó aquellas fachadas. En cada lugar concurrido de Roma parecía que algún artista había ideado y diseñado cada rincón, creando una armonía calmada, mezclando una paleta de colores que se fundían con el cielo y las fachadas. Ventanas con visillos, flores en cada rincón, suelos de piedra y mesas de forja con manteles de hilo. Parecía un bodegón, una postal o una pintura que no se podía dejar de mirar. Era como uno de los cuadros de Antonio López, tan llenos de diminutos detalles que en cada vistazo muestran un nuevo foco de atención.
En uno de esas encantadoras Trattorias, Juliett encontró una mesa libre a la puerta. El camarero que organizaba la mesa, tras la partida de sus clientes, la invitó con un gesto a sentarse mientras el terminaba eficientemente de recoger los recuerdo de los comensales anteriores. Juliett tuvo el tiempo justo de echar un  curioso vistazo a la cuenta para averiguar qué propina habría de dejar, si le quedaban fondos para ello pues esperaba tener que pagar una buena suma por la comida, dado que se encontraba a poco metros de la conocida plaza.  
El camarero reconoció en seguida por su atuendo quizá, o por la cierta inseguridad de su expresión, que Juliett no era italiana. Jamás podría pasar por una italiana, le faltaban tacones, pieles y maquillaje para serlo. Pero vistiendo como más cómoda se sentía, con su abrigo de retales, su pañuelo en la cabeza, sus colgante y sus dedos llenos de anillos conseguía perderse entre la gente y pasar desapercibida entre aquella repiqueteo constante de stilettos y perfumes caros.
Juliett se sentó y admiró por un momento la calmada elegancia de la mesa. Su mantel de tela, un pequeños detalle floral y panecillos  colines descansando en un cesto de mimbre frente a ella.
EL menú parecía asequible, y como suele pasar en los restaurantes italianos, cada plato parecía suculento. Dejándose aconsejar por el amable cameriere, optó por un apetecible risotto al fungí que según su experto consejero hacía las delicias de todos los comensales. Acompañándolo de una copa de vino tinto para fomentar el sabor de las setas y el queso parmesano.
Juliett había ya descubierto que en Italia, además de ser cuna del arte y de las historias de amor, se veneraba la comida. Era como si cada plato fuera una obra de arte, por ello los italianos prolongaban sus almuerzos tanto o más que los españoles, pero de una forma diferente, como si tuvieran la capacidad de frenar el hambre y el rugido del estómago para saborear cada plato con la delicadeza y la atención necesarias.
El almuerzo resultó un éxito, un nuevo éxito para Juliett que se enfrentaba a aquella vida sola, como tantas veces lo había hecho. Cada pequeño acontecimiento al que se enfrentaba y que no supone ningún esfuerzo cuando gozas de compañía, se le antojaba como un  nuevo reto, un nuevo paso hacia ese destino que tan oscuro veía. Un simple almuerzo que le indicaba que no debía deber, que tenía que ser adelante, que la vida no esperaba por nadie, y ella debía tomar la decisión de vivirla.
Se consideraba una valiente por permanecer sentada en aquella mesa sola, observando el incesante baile de turista y lugareños, en sus andares, en ss gestos y amaneramientos. Imaginaba cuantas historias iguales a la suya se estarían desarrollando en aquella ciudad al mismo tiempo. Historias de rupturas y corazones rotos; de perdidas y desconsuelo. Se preguntó a sí misma cuántas de aquellas personas estarían, igual que ella, intentando encontrar su lugar en el mundo. Observó durante un rato a la gente a través de sus gafas de sol. Sólo había que observar, empaparse de aquella atmósfera, dejar volar la imaginación. Y se dio cuenta de que entre aquella masa de gente, que no parecía dejar de moverse, también había personas solas. Gente que se escudaba en sus gafas de sol, igual que ella; gente que miraba sus mapas, sin entender muy bien lo que decían; gente que caminaba a veces a ciegas, a veces sin luz en pleno día.
Cada persona lleva a la espalda su pequeño drama, su inseguridad, sus miedos. Algunos los disfrazan de indiferencia, otros los guardan tras sus amigos o parejas, y muchos simplemente se los callan y los ahogan en cervezas. Pero cada persona sufre por algo, cada uno siente de vez en cuando esa punzada en el pecho. Juliett no era la única echando de menos a alguien, languideciendo bajo el sol por un amor perdido. Y entonces pensó en cómo cada una de esas personas, que arrastraba durante un tiempo su pena, superaba su drama. Algunos con amigos; otros, buscando un nuevo amor; algunos lo hacían comiendo, comprando o bebiendo. Y unos pocos valientes, como ella viajando. Cada vez lo tenía más claro, lo iba a superar. Lo tenía que superar. Por ella, por ser afortunada, por la libertad que tenía, por todas aquellas personas que, como ella, habían sufrido y se encontraban en el camino hacia la superación. Y ella lo haría igual, paso a paso.



lunes, 28 de abril de 2014

mi personaje, yo misma u otro ser


He creado un personaje, un alter ego se podría decir. Una persona que posiblemente sea la mejor versión de mi misma. La persona que siempre quise ser y la vida quizá no me lo permitió. He creado un personaje que vive feliz en su pequeño mundo de detalles, donde el adiós no existe, donde nunca anochece, donde las palabras no vuelan, donde el amor permanece. He creado una vida de palabras, unas juntas y otras separadas; una vida inacabada, un camino retorcido y lleno de trabas. Miro a mi personaje a veces, le doy voz, figura y alma. Dejo que las pequeñeces no le afecten ni le roben la calma. He creado un personaje que es como quiero ser, que vive la vida que siempre quise, que disfruta como una vez lo hice. He creado un personaje que me sigue, que me llama, que me dice entre mis sueños que la vida no desperdicie.
He creado mi mejor obra, una consecuencia, una historia He creado a mi personaje y ahora le envidio, le desprecio los celos arden. He creado un personaje que vive mejor que yo, que no sueña despierto nunca, que vive simplemente con pasión. He creado mi personaje, y con él todas mis dudas. Dudas de quién soy, quién me gustaría ser y lo que es más importante quién, en el futuro puedo llegar a ser. Y no se ninguna repuesta, pues si bien mi personaje salió de mi teclado, las respuestas a sus preguntas no venían con ese trabajo.
Es parte de la vida, encontrar tus propias respuestas. Son los sueños y esperanzas, el impulso que a la razón le falta.
Pasamos de un “nunca” a un “puede”; vamos de un “no” al “maybe”, cambiamos un “imposible” por algún que otro “alcanzable”. Quién nos guía en el camino; son las ganas o la suerte, son la razón o el sino, son las dudas las que nos detienen.
Quién nos dejo en esta tierra sin respuestas ni caminos, ni nociones o escritos que seguir hasta completar nuestro destino.

Y como no hay respuestas, ni caminos que escoger sigo buscando el mío a través de mi personaje, de esa persona que siempre quise ser

domingo, 27 de abril de 2014

Cezanne en el Thyssen



Una de las pocas ventajas que tiene ser joven en Madrid en estos momento es poder disfrutar de una amplia oferta artística y de los descuentos que la acompañan.  Digo pocas, ya que además de la imposibilidad de obtener ayuda, financiación, trabajos dignos duraderos e independencia económica hacen que a veces sea difícil disfrutar de verdad de la ciudad que te vio nacer. Pero no se puede negar que quien quiera disfrutar de un día cultural se lo puede permitir y que la única dificultad para hacerlo será elegir el plan en esa grandiosa oferta. 
Una carrera o maratón me sorprendió a la puerta de casa esta mañana arruinando el plan de dar un paseo tranquilo por la Castellana antes de dirigirme al Rastro de Madrid, que a pesar de haber estado cientos de veces, nunca me canso de recorrer. 
Pero el sonido de coches de policía, el crujido metálico de las vaya levantándose, los helicópteros espía y las masa de gente me hicieron cambiar de plan. Qué mejor forma de disfrutar del domingo con un poco de arte y escapar del urbanismo saturado de la calle. 
Hoy fui al Thyssen a recorrer su exposición temporal dedicada a Cezanne. Una exposición algo pequeña, como suele pasar con las exposiciones especiales en el Thyssen que condensa la vida del autor entre caminos curvados y paisaje llenos de color. 
Cezanne nació en 1819 y dedicó hasta sus últimos alientos a plasmar lo que sus ojos veían en la inmensidad del horizonte. Paisajes pintados en óleo, acuarela y lápiz que siempre dejan espacio a la imaginación. Una sucesión de bosques en los que siempre hay un camino curvado con algo especial al final. Curvas que representan la vida misma y cómo ésta nos brinda el camino hacia el futuro y el autodescubrimiento a cambio de nuestros pasos. Caminos que empiezan grandes y se retuercen a medida que se alejan, como la ruta que tomamos en la vida que, a pesar de parecer sencilla, siempre presenta dificultades. Unos obstáculos que tanto en cuadros como en la realidad merece la pena salvar pues, al final del camino, nos espera un rayo de luz, una cabaña donde cobijarse, un estanque con agua fresca, o la felicidad que tanto ansiamos. 

Su trazo ágil y sus colores difuminados toman forma en increíble creaciones elegantes y amables a la vista. Sin estridencia, sin excesos, sin cubismos Cezanne consigue transmitir la calma de la Toscana, la Paz de lo campos en Normandía, el susurro de los árboles en sus bosques.

"siempre un camino curvado, 
siempre una curva que tomar.
Nunca una línea recta 
el autor quiso pintar.
Empieza grande el sendero, 
retorciéndose hasta perderse
y luego volverse a encontrar. 
Ya sea una simple manzana
o unas naranjas al sol 
o un chico con desgana
deshojando alguna flor, 
Cezanne captó su esencia
y la lleno de color"

"Haga lluvia o brille el sol, 
el camino se retuerce
mostrando más de una opción
un camino que se pierde
una u otra decisión" 

"Una granja en Normandía, una casa o un pajar, 
imágenes que escapan al turista
a sus guías y a su flash. 
un campo desierto o una casa a derrumbar
un sinfín de hermosas vitas
el autor quiso plasmar.
Son paisajes eternos 
es un sol que no deja de brillar
son campos y prados yernos

donde el tiempo parece no pasar"

jueves, 24 de abril de 2014

Los viajes de Juliett, Roma 4a parte

La luz del mediodía que intentaba iluminar los callejones, descubrió otra de las Vías que salían de la Piazza di Trevi y a su vez, le daban el nombre que ostentaba.
Continuó por Vía delle Muratte en dirección a Vía del Corso que, si no estaba equivocada, la llevaría hasta la Piazza della Rotonda hogar del famoso Panteón.

Atravesó Vía delle Muratte, sorteando decenas de turistas agolpados frente a los puestos callejeros. Pequeños tenderetes repletos de fotografías y pinturas típicas de Roma que lucían tan artísticas como hubiesen salido de la imaginación del pintor pocos minutos antes, y no de alguna máquina fotocopiadora. Imágenes de los lugares más reconocibles, todos esos que Juliett aún no había visto y ansiaba por conocer. Era como un mapa en el que no hacían falta palabras que plasmaran la belleza, el encanto y el arte de cada pintura.
Dejando atrás las tiendas de limoncello, objetos de madera “hechos a mano” y pequeñas maquetas de La Fontana, Juliett llegó a la Vía del Corso. 

Una de las arterías principales de Roma, donde gastar indecentes cantidades de dinero en sus numerosas tiendas. Sorprende en esta calle uno de los palacios de Roma reconvertido en una tienda de la marca Zara. Un lujoso emplazamiento en medio de la ciudad con una exquisita arquitectura y cuatro hermosas fachadas destacadas por la pureza y de sus blancos decorados y sus juegos de luces. Una situación privilegiada que no dejaba de decepcionar ligeramente al ver que en lugar de albergar lujosos salones de baile, lámparas de cristal y ventanales con vidrieras, sólo guardaba una tienda de moda. Las tiendas no parecían cerrar para almorzar como solía pasar en España, donde las pequeñas tiendas echaban el cierre un par de horas al medio día para comer y echar la siesta. En Roma, igual que en Milán, las tiendas parecían estar abiertas siempre.

Tras pocos pasos tomó la Vía del Seminario. Un gran nombre para una calle pequeña.  Pero como se suele decir las mejores esencias se guardan en frascos pequeños. Aquella calle era lo que cualquier turista que viniese de una gran ciudad podría esperar de roma. Una sucesión de fachadas de oscurecidos tonos pastel y pequeños balcones. Ventanas viertas dejando escapar el fragante aroma de un guiso, blancos visillos ondeando con la fresca brisa; portones de madera rechinando achacosos. Cada tienda, cada pequeño local parecía ser el fondo de una postal. Una puerta de madera dividida, con la parte superior abierta vestida con una cortina blanca tan fina que dejaba atisbar el interior de alguna “ostería” o taller de reparaciones; guardada por maceteros de terracota llenos de margaritas que aún no habían sido pasto del frío.

Edificios de piedra, resplandecían bajo el sol dando cabida a todo tipo de comercios con anuncios y carteles tan discretos que se fundían en el conjunto. Un supermercado se escondía en la planta baja de un edificio, como si hubiera sido cavado en una cueva y en lugar de estanterías de metal, sólo dispusiera de estantes de madera clavados artesanalmente y fanegas de verduras. Todo gozaba del encanto artístico de la roma medieval, destacando la simplicidad de otros tiempos. Quizá tras el mostrador la esperaba una mujer ataviada con falda larga sobre enaguas, con pelo recogido y cofia blanca. Juliett se sintió con ganas de hacer una incursión en una tienda local, compraría algo en el súper. No era lo mismo que entrar en las típicas tiendas de regalos donde los vendedores parecían tener incorporado un reconocedor de voz con el que adivinar en qué idioma tenían que regatear con el cliente, un supermercado era otra historia. Allí la cajera o el pescadero no se preocuparían de hacerse entender y ello dificultaría la conversación. Pero a pesar de la rústica apariencia de la fachada, el supermercado no era más que otro autoservicio disfrazado donde con dos palabras en el idioma indicado es suficiente para hacer la compra.
Un vistazo a la comida típica. Juliett siempre penaba que comprar productos gastronómicos en las tiendas de regalos, o aquellas que se agolpaban junto a monumentos o atracciones turísticas era un error. Pues esos productos expuestos no eran más que derivados de los que realmente se podían degustar en una casa italiana, en ese caso. Por ello siempre resultaba más fiable comprar buenos productos en un súper. Allí se podía elegir la calidad, cantidad y precio y sentirse un poco más segura en cuanto a la fiabilidad de dichos productos ya que si estaban a disposición de los lugareños sería por algo. Recorrer los pasillos del súper resultó igual de interesante que recorrer alguna de las callejuelas que la habían llevado hasta allí.
Filas enteras de paquetes de pasta de todos los tipos y granos, aunque nunca de colores, a diferencia de esas vistosas creaciones destinadas a los extranjeros que gastan 10 euros en unos macarrones tan grandes como cubrir la olla en la que se cocinan.


Cientos de cafés diferentes y todo tipo de complementos para éstos. Cacaos, canelas, azucares, y otros endulzantes que harían las delicias de los paladares más selectos que degustasen un buen tiramisú; un inmenso expositor de quesos envueltos en pequeñas porciones con delicado celofán; vistosos mostradores de carnes y pescados frescos y una amplia variedad de zumos y refrescos de todos los sabores inimaginables completaban la oferta gastronómica. Sin olvidar las hordas de diferentes aceites y aliños para culminar las recetas de pasta y ensaladas. 
 




Juliett compró unas manzanas y una selección de dulces, que a todos agradan, y dejar solucionados los regalos de los amigos y familiares que nunca esperan nada pero que se sentirían molestos si no recibieran un “Panettone” o una botellita de “limoncello”.

-      “Buon Jorno”
-      “Buon Jorno”
Bip, bip, bip, bip…. Clamaban los productos al deslizarse por el láser.
-      “ venti euro e cinquanta”
-      “Gracie”
Fin de la conversación en italiano. Pocas palabras para una persona, pero un gran éxito para una extranjera.

A punto de darle el primer bocado a la jugosa manzana roja, recién salida de la película de “Blancanieves”, Juliett vio su siguiente punto de admiración; el Panteón.



 La afluencia de gente era imparable anquen dada la hora del almuerzo, seguramente empezaría a decaer por lo que aquel momento parecía propicio para tomar un descanso, sentarse en la plaza bajo el sol y mezclarse entre los turistas y los “come pipas” mientras comía su manzana y echaba un vistazo a la guía en busca de información sobre aquel magnífico monumento.
Conservando ese estilo sorpresa de Roma, La Piazza de La rotonda, que obtiene su nombre de la forma en que popularmente se conoce el Panteón, Aguardaba inmersa en el bullicio y el urbanismo de Roma, con la paciencia que su antigüedad y posición le permitían. Hogar de una de las mayores obras de arte de Roma. 

La plaza es además un punto de encuentro, no sólo de personas, sino de disciplinas artística. Sentada en los escalones que rodeaban el “obelisco” de la plaza, Juliett observó la convergencia de culturas que se filtraba a través de los diferentes caminos que convergían en aquella plaza. Hordas de turistas con su cámara al cuello; amigos encontrándose en la fuente como los madrileños se encuentran en “el oso” se la Puerta del Sol; parejas almorzando en pequeñas mesitas cubiertas de manteles a cuadros rojos y blancos. Otra pintoresca imagen digna de varias fotografías. Artistas callejeros hacían sus mejores trucos para atraer esas monedas sueltas que siempre quedan el bolsillo. Funambulescas, cantantes con laúdes vestidos de época, un violinista amenizando el almuerzo de la clase pudiente en aquellos pequeños restaurantes que delineaban la plaza,…. Numerosas expresiones artísticas que no dejaban de atrapara la atención de cualquier transeúnte.
Juliett termino su fruta y encendió el cigarrillo correspondiente mientras ojeaba su guía.
Recordaba algunos detalles del Panteón, pero tan vagos que apena podía imaginar cómo sería por dentro. Aquella hermosa edificación del antiguo imperio Romano era un símbolo de la avanzada arquitectura que los romanos desarrollaron minimizando el tiempo de construcción y asegurando la supervivencia de sus edificios, pues a pesar de sus siglos de edad y las inclemencias del tiempo y de la mano humana, el Panteón conservaba prácticamente el mismo aspecto que justo después de su construcción. Sus columnas daban la bienvenida a una sala abovedada que ostentaba el título de ser la más grande hecha en hormigón, superando incluso a la cúpula de la catedral de San Pedro. Cómo u nombre de origen griego indicaba, estaba dedicado a los dioses y supuso uno de los centros neurálgicos de la antigua Roma donde los magistrados y personalidades de la ciudad se reunían a diario para tratar temas políticos. Llegó a ser tal la afluencia de gente en el Panteón que a pesar de tener una cúpula con un  “óculo” abierto, ni la lluvia llegaba a filtrarse por el efecto de la humedad producida por tanta gente junta.


La cúpula había sido objeto de estudio de muchos arquitectos durante años, deseosos de averiguar la ingeniería escondida tras esos muros que permitía a una cúpula de semejante envergadura mantenerse intacta. Los suelos de mármol, las imágenes representadas y las columnas del interior completaban aquella nueva fotografía.
Juliett se abrió paso lentamente a través de los turistas que siempre caminaban tan lentamente que parecían hacer cola en lugar de pasear. El Panteón no decepcionaba. Parecía haber sido construido pocos meses atrás. Los suelos brillantes, las columnas relucientes, la clara y delicada luz que el óculo dejaba entrar,   la perfección de la cúpula, las ventanas que formaban su base, era la perfecta combinación de ingeniería y diseño. Otro claro ejemplo de la grandiosidad y elegancia de las obras romanas.
Sin mucho más que ver en el interior, Juliett recorrió la fachada. Sacó otra manzana y emprendió el camino hacia el siguiente lugar, aún por decidir.



miércoles, 23 de abril de 2014

Los viajes de Juliett, Roma 3a parte

Desde Santa María La Maggiore continuó por Vía Torino hasta Vía XX de Setembre. Una calle comercial repleta de bolsas de colores cargadas de regalos y compras arrastradas por turistas desorientados que caminaban cegados por las luces de los escaparates.  Llena de pequeñas tiendas no más grandes que un armario de cocina donde liberaban móviles, vendían postales, alquilaban bicicletas y otro sinfín de servicios y productos para satisfacer al turista más exigente, o al más despistado que olvido su cargador, las pilas, la batería de algún aparato electrónico sin el que, como ya sabemos, no se puede vivir.
Aquella calle no presentaba ninguna señal que indicara o te hiciera sentir que estabas en Roma. Bien podría ser la Gran vía en Madrid, Las Ramblas en Barcelona o Bond Street en Londres. Era como todas las grandes avenidas turísticas; el tráfico incesante de coches desesperados por llegar a su destino, el armonioso desfile de compradores con dinero pegado al cuerpo mirando los precios en cada lugar para no ser engañados, o al menos no demasiado; las tiendas de falsificaciones; no había rastro de Roma, ni una huella que indicase estar en la cuna del arte, en una ciudad clave de la historia, en la convergencia de la arquitectura y la pintura. Si una persona busca un viaje en el que admirar monumentos que no podría ver en la ciudad de origen, no debe desperdiciar el tiempo. Por ello Juliett nunca recorría las calles dedicadas a las compras a menos que, como frecuentemente pasaba, se despistara del rumbo habitual. Las tiendas globalizadas y uniformadas se odian encontrar en cualquier ciudad ofreciendo básicamente lo mismo en cada ciudad en la que abrieran sus puertas con una divisa diferente. Pero Juliett buscaba algo más. Quería ver la Roma del arte, de la historia. Tendría que sacar el mapa. Pero justo mientras rebuscaba entre paquetes de cigarrillos, chicles y tickets de café en su bolso, levantó la vista y encontró el camino.

Allí en un pequeño tablón de madera antiguo que bien podría indicar "lechería" o algo parecido en algún pueblo toscano, se leía "Fontana di Trevi". Sujeto con un simple clavo en el lateral de un edificio antiguo que parecía haber sido invadido por los árabes debido a la cantidad de tiendas para liberar móviles, para comprar kebabs y demás artículos "típicamente romanos". Era como sí aquel pequeño trozo de madera se hubiera clavado siglos atrás, y por tradición o ternura nadie hubiese intentado quitarlo. Aquel pequeño tablón había aguantado el paso de los años estoicamente abriendo la puerta de nuevo al maravilloso arte que bañaba la ciudad de Roma.
Siguió la vaga indicación que la llevaba por estrechas calles de suelo empedrado. Esbozó una sonrisa al ver a alguna de las turistas, presumiblemente milanesa, intentando hacer el mismo recorrido clavando sus "stilettos" en el asfalto.

Las callejuelas eran estrechas y apenas había espacio para dos personas pasando al mismo tiempo, serpenteaban sinuosas e insinuantes.
Llevaban al viajero por un pequeño laberinto de fachadas pintadas en tono pastel filtrando delicadamente a cada paso la frescura de la fuente.  

Lo cierto es que aquel camino le resultaba desconocido a pesar de aquella visita años atrás en su viaje de fin de curso. Era una ruta nueva o diferente quizás, quizá era el camino más secreto o el menos transitado. Un estrecho pasaje que escondía una gran sorpresa al final. No vio ninguna otra indicación durante los pocos cientos de metros que separaban Vía Torino de la fontana, pero no hizo falta. El rumor del agua se hacía más fuerte, el aroma del agua fresca con toques de cloro, necesario en semejantes circunstancias, y el rumor de la gente expectante se dejaba oír con más claridad según se avanzaba.  



Al fin llegó. Era como encontrar un oasis en el desierto, un bar al final de una cuesta en agosto, un cigarrillo después de...un café. Era como una puerta hacia la mitología. Escondida, resguardada entre los muros de aquellos edificios, esperaba aquella pequeña maravilla. Sorprendía que la fuente fuese un monumento tan magnífico y reposase en el medio de una pequeña plaza en medio de la ciudad. Tan pequeña de hecho, que bien podría ser una corrala de algún barrio castizo. Las paredes amarilleaban por el paso de los años, y sujetaban sus barandas de forja ennegrecida rebosantes de flores. Las tiendas de souvenirs lucían sus mejores tesoros en grandes cajas expuestas al sol. Los turistas curioseaban, llegando desde los diferentes callejones y mostrando su admiración y sorpresa al llegar a aquel pequeño oasis. El murmullo crecía junto a la fuente, sólo interrumpido por el repiqueteo de las monedas hundiéndose en la fuente portando deseos de amor y fortuna. El agua era azul cristalina, dejando ver las monedas esparcidas en suelo, pequeñas piezas de cobre cargadas de sueños y esperanzas.
Juliett observó desde una esquina, la magnífica confluencia de los incisivos rayos del sol del medio día sobre las aguas turquesas. Las sonrisas de los viajantes se mezclaban con los besos de los amamante. Los deseos se aferraban a cada moneda lazada, los sueños se dejaban volar por algunos segundos. Mirando su guía, Juliett descubrió que aquella fuente decoraba una de las paredes del Palacio de Poti, que posiblemente pasaba desapercibido a pesar de su magnitud, al compartir escenario con algo tan reconocido como la Fontana. Ésta obra de la escuela de Bernini representa una escena marítima entre Neptuno y las aguas del mar, representadas con las formas de dos caballitos de mar, uno dócil y otro más embravecido, como el mismo mar.
Una obra de arte, que no parece estar tallada a partir de un gran bloque de piedra. Parece casi imposible encontrar esculturas de semejante belleza y trabajo artesano en un mundo en el que el diseño minimalista y contemporáneo han tomado posesión de la mente y el bolsillo de muchos.

“no tiraré una moneda, pues eres un deseo constante. No necesito de tradiciones turísticas para desearte. No giraré la espalda a la fuente, por si acaso te pierdo y no vuelto a verte”.


Juliett guardó su cámara y su pequeño cuaderno, y siguió su camino hacia el siguiente tesoro escondido. ¿dónde la llevarían sus desorientados pasos?  
Dejó atrás aquel paraje inmortalizado por Fellini, preguntándose cuántos de aquellos beos de amor perdurarían en el tiempo. Cuántos de aquellos sobrevivirían a la distancia, a los años, a los problemas y malentendidos que rompen las parejas a diario. Y se preguntó si alguno de esos besos, como el que grabó Fellini, sería protagonizado por ella. 


sábado, 19 de abril de 2014

déjame


Dejaré que vivas en mi corazón, sin pagar alquiler
dejaré que anides en mi mente sin arriendo
te permito formar parte de mí sin querer
te permito dejarme de querer

Pero deja que te lleve en el alma
deja que te espere al alba
deja que sueñe contigo
deja que busque tu abrigo

Ayúdame a seguir adelante
no me niegues poder pensarte
no me digas que te olvide
no me pidas que me aparte

dime que en algún momento
mi amor fue tu sustento
dime que no me mentiste
ni jamás herirme quisiste

Cuéntame que aquel suspiro
fue real y no inventado
dime cuando te miro
que lo mucho que me has amado

Sólo déjate ser un sueño
deja que seas mi ilusión
pues siempre serás el dueño
de todo mi corazón


jueves, 17 de abril de 2014

Edredones, pollo frito y otras animaladas.

 

¿Conocéis a algún vegetariano? Ser vegetariano es realmente difícil. Lo primero, e difícil encontrar variedad de derivados de soja o productos que no sean de origen animal en España, un país que tiene por himno nacional las trompetas de una corrida de toros y que considera al jamón serrano la base de la pirámide alimentaria. A pesar de los buenos propósitos de los supermercados de origen ecológico y de la gran variedad de frutas y verduras que encontramos en las tiendas, los cierto es que ser vegetariano no es fácil ni barato. Es más barato consumir un filete o pollo que conseguir hamburguesas vegetales o un poco de tofu. Pero una vez que se encuentra el lugar idóneo donde hacer la compra, la batalla no ha terminado. Después hay que enfrentarse a la familia y a los amigos que no entienden el porqué no comes jamón, chorizo o solomillo.; productos que consideran la ambrosía de los dioses. Además de tener que explicar los beneficios del vegetarianismo, los escasos riesgos si se lleva una dieta sana y las múltiples ventajas de no comer carne, está el problema de la mera incomprensión. Esta actitud es la más perjudicial y peligrosa en cualquier ámbito. Si se ignoran los beneficios de una práctica como ser vegetariano, se pueden explicar y hacer entender. No se compartirá la misma visión, pero al menos se aceptará. Pero aquellas personas que simplemente se niegan a escuchar otro punto de vista y que, no sólo no lo entienden, es que ni siquiera lo respetan. Pues bien, esta entrada va dirigida a ellos, a todas las personas que pasean abrigos de piel, que se abrigan con edredones de plumas animales, que bien una existencia carnívora sin pararse a pensar la repercusión que ello tiene en los animales. Aquí van algunos de los ejemplos más sádicos de cómo el hombre obtiene los productos que consume. (No olvidemos que los animales tienen sentimientos, y ni siquiera  somos capaces de darles una muerte digna)
Edredones de plumas de oca, para conseguir estos edredones y mantener el culito caliente en invierno, a las ocas se las despluma de dos a tres veces en toda su vida arrancándoles las plumas con tantísimo dolor que muchas de ellas mueren durante el proceso. 

Abrigos de piel, la mayoría de los animales que sirven para hacer abrigos tienen una piel tan sensible que se echa rápidamente a perder. Por ello, se les arranca la piel a tiras mientras están vivos para que a través de su dolor y consecuente muerte, alguna reinona luzca un abrigo. Y a eso se le llama moda, a llevar un cadáver a los hombros. 

Para abastecer a la gran cadena KFC, las granjas de pollos se han mecanizado de tal forma que los pollitos pasan por cintas de montaje, cayendo de plataforma en plataforma rompiéndose incluso las patas y el pico en la caída hasta llegar al lugar donde serán desplumados, descuartizados y enviados a algún grasiento restaurante para dejar su alma entre los dientes de alguien. 

Para conseguir ese preciado foie francés, a las aves se les mete un tubo por la boca para inflarlas de tal forma a base de grasa que adquieran una cirrosis que las mate y de lugar así al manjar. Así que cuando se disfruta de un poco de foie y se ve ese tono amarillo por encima, es posible que sea la dolorosa cirrosis que fue la causa de la muerte de algún ave en algún lugar del mundo. 

Y para terminar con esta pequeña lista, los toros. No hace falta decir que como espectáculo es algo tan deleznable como salvaje. Pero para empeorar esta situación, la carnicería que se práctica en las corridas, se aplaude como si fuera una gran hazaña. Es repugnante, sencillamente asqueroso y cruel. 

Dado que el ser humano está al final de la cadena evolutiva, se cree con derecho a hacer según le plazca con cualquier ser vivo que corra por la madre tierra. Si el mundo está así ideado, sí se puede aceptar el consumo de animales para la supervivencia. Pero lo menos que se puede esperar de los seres con el cerebro más desarrollado es tener al menos la compasión y el respeto por los animales que éstos se merecen. 

Ojalá la gente se lo piense más de una vez la próxima vez que coma foie, o compre un abrigo de piel o una figura de marfil. Pues detrás de todas estas cosas tan innecesarias se esconde el sufrimiento de una animal inocente. 
Quieres tener un animal en casa, no compres un abrigo, adopta un perro. 
Te gustan las ocas, monta un estanque en el jardín. 
Consumes pollo, que sea ecológico. 
Un pequeño gesto para devolver la dignidad a esas pobres criaturas.